CONCLUSIÓN FINAL

Creo que la belleza de una asignatura como esta (nunca mejor dicho) es que no se pueda extraer una conclusión única y universal. La búsqueda, la experiencia y la reflexión acerca de la belleza han acompañado a la humanidad durante toda su historia y probablemente sigan haciéndolo, aunque cada vez parece más difícil, en una vida dominada por la urgencia del momento, pararse a pensar sobre un tema importante como este. No sé si es útil, en los términos en que hoy en día concebimos la utilidad, pero sí necesario. Vivimos en una época de especialización y especificaciones técnicas, en que la tecnología y la ciencia, a mi juicio, se han desligado del cultivo de la mente y el pensamiento. Las disciplinas filosóficas y humanísticas han quedado relegadas a un segundo plano en la educación, cuando en mi opinión deberían ser la estructura sobre la que cimentar el conocimiento. Son las herramientas para dar respuesta a las inquietudes más profundas del alma y creo que su abandono es una de las causas del vacío interior que siente la sociedad moderna. Un hueco que pretendemos llenar con entretenimiento intrascendente, creencias ciegas, dioses de un solo día y consumismo compulsivo. Y nunca estamos satisfechos.

En el caso particular de nuestras futuras profesiones, la reflexión sobre el concepto de belleza es particularmente necesaria. Conocer la historia de la estética permite tomar perspectiva sobre el tema, adquirir la distancia necesaria como para establecer juicios con base, sentido y profundidad. El diálogo sobre los distintos puntos de vista enriquece nuestra opinión. Además, si por algo se caracteriza la moda durante el siglo XXI, es por aglutinar una vasta lista de referentes estéticos y estilísticos de tiempos pasados que hemos de interpretar de manera correcta, para poder entender qué significan, qué papel desempeñan en nuestra sociedad. De lo contrario, quedaremos atrapados por el torbellino incesante de imágenes que cada día nos bombardean desde todos los medios sin comprender absolutamente nada. Sin poder decir o escribir algo más interesante o trascendente que “me gusta” o “no me gusta”.

Para mí, la asignatura ha supuesto la oportunidad para revisar lecturas de algunos de mis autores favoritos y replantearme o dar un giro a algunas ideas que daba por inamovibles. Además, me ha descubierto otros textos y autores interesantes que espero tener la ocasión de disfrutar y reflexionar con calma. No obstante, me habría gustado tener más tiempo para meditar un poco más sobre las entradas del blog y sobre los nuevos conceptos que han ido apareciendo en las clases.

Creo que no debemos perder la capacidad de conmovernos con la belleza que existe a nuestro alrededor y estoy segura de que estas lecciones son sólo un paso más en un camino que cada uno debe transitar por su cuenta.

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SPLEEN Y SCROLL

Naturaleza, nada tuyo me conmueve, ni los campos
Nutricios, ni el eco bermejo de las pastorales
Sicilianas, ni las pompas auroreales,
Ni la solemnidad doliente de los ocasos.

Me río del Arte, me río del hombre también, de los cantos
De los versos, de los templos griegos y de las torres espirales,
Que se estiran en el cielo vacío de las catedrales,
Y con igual ojo veo a los buenos que a los malos.

No creo en Dios, abjuro y reniego
De todo pensamiento, y en cuanto a la vieja ironía,
El Amor, quisiera que no me hablaran más de él.

Cansado de vivir, teniendo miedo a morir, semejante
Al brick perdido, juguete del flujo y del reflujo,
Mi alma apareja para espantosos naufragios.

La angustia, Paul Verlaine.

Spleen es esa sensación de hastío vital que trajo consigo la llegada de la modernidad a la sensibilidad humana. Una melancolía difusa, causada por todo, y por nada en concreto, característica de una sociedad urbana en transformación, cuyos valores estéticos y morales están cambiando de manera vertiginosa. Los viejos arquetipos se rompieron, el concepto de belleza se fracturó en mil pedazos como los que formarán los collages dadaístas. A partir de ahora no se puede creer firmemente en nada, se debe sobrellevar con orgullo el nihilismo consecuencia del progreso de la ciencia. Se pierde el sentido de la marcha, la multitud se dispersa y el poeta pasea sin rumbo fijo por las calles de la ciudad. Perder el tiempo es la afición de artistas cosmopolitas como Baudelaire, perfecto flâneur, que se perdía entre las calles de París, vagabundeando sin dirección para intentar mitigar esa sensación de desasosiego que trae el fin de una era.

Creo que nosotros también estamos viviendo el fin de una época, la decadencia de la sociedad de consumo. Estamos en ese instante en que finalmente, o bien los pedazos creados en el siglo XX se dispersan y se separan apagándose poco a poco como el universo, abandonados a la eterna entropía, o tornan todos juntos a un omega para vivir una nueva explosión y renacimiento de la cultura occidental. Y mientras tanto, parece que nos toca vagar por el limbo. Esperando. Superados una vez más por una revolución, esta vez tecnológica, no industrial, que crea en nuestro interior la misma sensación de angustia existencial que impulsaba a Baudelaire. Procrastinación es la palabra de moda de estos primeros años del siglo XXI, perdidos en una maraña indescifrable de corrientes artísticas hechas de retales del siglo pasado.

Y si el flâneur bohemio del siglo XIX se lanzaba a las calles a deambular, nosotros paseamos por los mundos virtuales de la red, haciendo un continuo scroll en nuestros teléfonos móviles para embotar los sentidos y llenar el vacío en el alma mientras las horas siguen pasando. Perdidos en las redes, conectados al modo aleatorio, impertérritos, sin dejar que nada nos conmueva por dentro. Sumidos en el oscuro abismo de la postmodernidad, sin poder apelar a Dios, ni a la Naturaleza, ni al Arte, ni a la Belleza, ni al Amor. Sólo nos queda la carcajada histriónica y la ironía para mitigar el nuevo spleen del siglo XIX.

UNA ROSA ROJA

Si quieres una rosa roja -dijo el rosal-, tienes que hacerla con música, a la luz de la luna, y teñirla con la sangre de tu propio corazón. Debes cantar para mí con el pecho apoyado en una de mis espinas. A lo largo de toda la noche has de cantar para mí, y la espina tiene que atravesarte el corazón, y la sangre que te da vida debe fluir por mis venas y ser mía.

El ruiseñor y la rosa, Oscar Wilde.

Me pregunto si, tras sus ropajes de dandi, sus excentricidades, su polémica vida y su fina ironía cubierta de una delgada pátina de tristeza, en lo más íntimo de su ser, en lo más profundo del alma de Oscar Wilde, late en realidad el corazón del pequeño ruiseñor que dio la vida por una rosa roja.

Si el Romanticismo había recorrido y explorado los límites de la Belleza más allá que ningún otro movimiento artístico anterior, el Esteticismo, el Simbolismo y todos los movimientos decadentes de finales del siglo XIX finalizarán el camino abierto por los artistas románticos equiparando la Belleza con el Todo. Wilde, Baudelaire, Verlaine, Mallarmé, Rimbaud, son los fieles seguidores del concepto panteísta de la Belleza, la Diosa a la que rezan los poetas. La Belleza es para ellos el camino, la verdad y la vida. En palabras de Baudelaire, antes de componer sus “flores enfermizas”, Que tú llegues del cielo o del infierno, ¿qué importa? Belleza, inmenso monstruo, pavoroso e ingenuo. Si tu mirar, tu risa, tu pie, me abren las puertas de un Infinito que amo y nunca conocí. Los últimos estertores de un Idealismo que agoniza, moribundo, ante el auge del pragmatismo y el utilitarismo.

La vida y el arte se confunden y entremezclan, en muchos casos se difuminan los límites entre la obra y la propia biografía, pues para estos artistas, el deseo último es fundirse con la Belleza que lo inunda todo. La vida consagrada al arte y el arte de vivir la vida forman un uno indivisible, lleno de significado. Como en los mitos y leyendas, Wilde hace uso de la forma aparentemente simple de un cuento infantil para transmitirnos sus ideas estéticas más profundas: la rosa roja se ha creado lentamente con canciones de amor y de pasión, de alegría y de dolor, de muerte y de vida. Pero para alcanzar la perfección, para revelar su belleza, requiere también del alma del pequeño ruiseñor que sacrifica su corazón para animarla, le transfiere su vida por entero, otorgándole así su sentido. Sólo esta entrega total culmina en la Belleza, sólo la sangre del corazón de un ruiseñor puede teñir de carmesí el corazón de una rosa.

¿Y para qué? Si el estudiante no es capaz de ver el sentimiento, si sólo se pregunta cuál será su nombre en latín. Si su amada no se digna ni a mirarla, cautivada en cambio por el brillo de las joyas. Si es rechazada y despreciada, arrojada al camino donde es pisoteada por las ruedas de los carros. En un mundo que empieza a cabalgar sobre raíles, que huele a humo de carbón, que se mecaniza poco a poco sustituyendo sus carnes por relucientes engranajes metálicos y fríos, la Belleza es inútil. La ciencia y el progreso ganan la batalla. El materialismo impone sus propias leyes y desarrollará con el tiempo su propia estética. Exactamente veinte años más tarde, Marinetti y los futuristas promulgarán la belleza de la velocidad y los últimos coletazos del Romanticismo se perderán entre la nube de vapor de las locomotoras. A los soñadores como Wilde les espera un funesto destino, víctimas de sus elevados propósitos.

Oscar Wilde, el pequeño ruiseñor, los poetas del fin de siglo, son como el albatros de Baudelaire: majestuosos en los cielos, ridículos en la tierra, humillados por la sociedad. Sus alas de gigante les impiden caminar.

LA ESTÉTICA DE LA LUZ Y SU INFLUENCIA EN EL CANON DE BELLEZA FEMENINA MEDIEVAL

El ideal de belleza femenina medieval está ligado a la valoración de la luz heredada de las ideas de Platón y el Neoplatonismo recogidas por la Escolástica. La luminosidad se asocia con lo divino porque Cristo es “la luz del mundo”. Esto tiene consecuencias en todos los ámbitos artísticos, por ejemplo en la construcción de las catedrales y la importancia de la luz filtrada a través de las vidrieras, pero también en el concepto de belleza femenina.

Para Santo Tomás de Aquino la belleza ha de tener necesariamente tres cosas: proporción, integridad y claritas, es decir, claridad o luz. Por eso, en contraposición a la campesina renegrida, tostada por el sol y el trabajo en el campo, la noble dama debe ser de tez clara y rubia en toda Europa. La perfecta belleza medieval ha de tener la piel blanca como la leche o o la flor del espino, y una cabellera rubia, y tan larga que llegue hasta el suelo. Esto último no era más que una ilusión, pues en la vida cotidiana las mujeres acostumbraban a llevar tocados que no dejaban ver el pelo.

El ideal de belleza femenino se difunde a través de la literatura, que está mucho más influenciada por la tradición clásica de lo que habitualmente se tiende a pensar. La Metamorfosis y el Ars Amandi de Ovidio, junto a otras referencias bíblicas como El Cantar de los Cantares, ayudaron a crear el prototipo de la mujer perfecta para el mundo cortés y caballeresco. Una mujer, alabada en los cantares de gesta y en las baladas, dulce y pura como la Virgen María, objeto de deseo inalcanzable que inspira el amor casto y sublimado de los caballeros.

La descripción de la belleza femenina se convierte en el ámbito literario prácticamente en un ejercicio de retórica para el que se establecía un orden preciso: cabellos, frente, cejas, intervalo entre ellas, ojos, mejillas y su color, nariz, boca, dientes, barbilla, cuello, nuca, espalda, brazos, manos, pecho, talle o cintura, vientre, piernas y pies.

Empezando por el rostro, en él se destaca especialmente la frente amplia, alta y marmórea. Para conseguirla, las mujeres se depilaban el nacimiento del cabello, una costumbre que continuó durante el Renacimiento. Unas cejas arqueadas, finas y delicadas, realzaban la mirada. Los ojos debían ser claros, se apreciaba el tono azul verdoso y se valoraba especialmente su luminosidad. El espacio entre ellos se prefería amplio y los párpados, abombados como la frente, transparentes y diáfanos. La boca, pequeña y rojiza sirve para enmarcar los dientes blancos como el marfil, por encima de una diminuta barbilla.

La dama perfecta tenía que ser adolescente o muy joven, dotada de un cuerpo de doncella, delicado, esbelto y grácil, con hombros ligeramente caídos, busto estilizado, extremidades largas, caderas estrechas, riñones arqueados y vientre redondo y prominente bajo un talle delgado, tal y como refleja muchas veces la pintura gótica. Como detalle curioso, los pies grandes son también apreciados. Su cuerpo dibuja invariablemente una silueta en S, sinuosa y ligera, rematada por la cabeza oval y ligeramente inclinada sobre un largo y delgado cuello.

En una época de guerras, hambre y epidemias, en la que la mayoría de la gente muere joven, se alababan los cuerpos de aspecto saludable, por lo que una de las cualidades más importantes a destacar es la posesión de una piel sonrosada. San Isidoro es uno de los primeros intelectuales en remarcar esta relación entre la belleza física y la salud.

Es interesante comprobar cómo en la descripción de la belleza femenina se acentúa el contraste entre el rojo y el blanco. La piel nívea y la pincelada carmesí de los labios. Esto representa la tensión entre dos polos, el bien y el mal, simbolizados por María y Eva, que se da en la figura de la mujer y que queda perfectamente reflejado en el canon.

ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE, LA BELLEZA SE SUBLIMA

Me pregunté: “De todos los temas melancólicos, según la comprensión universal de la Humanidad, ¿cuál lo es más?” “La Muerte”, era la respuesta natural. “¿Y cuándo -volví a preguntarme- el más triste de los temas es el más poético?” La respuesta vino por sí sola: cuándo va estrechamente ligado a la Belleza. La muerte, pues, de una mujer bella es, sin duda alguna, el tema más poético que existe en el mundo.
Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe es posterior en el tiempo a los grandes poetas románticos, pero su concepción de belleza está animada por la misma imagen de lo sublime que conceptualizaron aquellos. La búsqueda de la belleza en lo inconmensurable, en aquello que trasciende los límites de la razón y de la imaginación y nos permite intuir la verdad íntima de la existencia ¿Y qué se escapa más a nuestra comprensión que la propia muerte? La muerte es el abismo, el límite de la intelectualidad humana y el vasto desierto de la nada, una grandeza sublime que nos conmueve, nos atrae y nos asusta a partes iguales. La muerte es, para el romántico, el motivo literario por excelencia. La muerte sublima la belleza de la juventud y la pureza del amor. Nos conecta con el instante, con el aquí y el ahora, y a la vez nos hace eternos.

Para el Romanticismo, la belleza de la mujer coquetea con esos límites entre la vida y la muerte, difuminándolos. Se valora el aspecto enfermizo, la piel blanca, casi traslúcida y las profundas ojeras violáceas que sugieren sufrimiento y tristeza. Se utilizaban incluso pequeñas cantidades de veneno, como la belladona, para dilatar las pupilas y conseguir el ansiado aspecto febril que daban, por ejemplo enfermedades como la tisis. La belleza trágica de una frágil vida que ha perdido la batalla contra lo inevitable. La melancolía se transforma en arte. La descripción de la joven amada moribunda se convierte en tópico literario por excelencia, al igual que la idea del suicidio romántico de los amantes del que ya hablaban las tragedias de Shakespeare. La muerte permite alcanzar la belleza suprema, lo sublime.

Las protagonistas de los cuentos y los poemas de Edgar Allan Poe son la perfecta materialización de esta idea de lo sublime. Todas caminan al borde del precipicio, a un paso entre la vida y la muerte, y esto es lo que despierta el sentimiento amoroso del artista, que ve reflejada en sus pupilas la lucha silenciosa entre los pulsos de Eros y Thanatos, el amor por la vida y la fascinación por la muerte. Como la bella Eleonora, transfiguración literaria de la personalidad de la propia amada del autor, Virginia Clemm, que murió de tuberculosis en la flor de su juventud. De Eleonora llega a decir que “había sido creada perfecta en su hermosura sólo para morir”. La cercanía de la belleza a la muerte inspira incluso obsesión, como en Berenice, ejemplo prototípico de narración gótica: los dientes marfileños de la joven, descarnados y expuestos por la contracción de las encías motivada por la enfermedad, despiertan una fijación malsana en el protagonista. En El retrato oval, a medida que la protagonista muere, el cuadro que su marido está pintando para inmortalizarla, se embellece, metáfora perfecta de cómo la muerte sublima la belleza a través del arte en la producción literaria de Edgar Allan Poe.

Pero, ¿qué ocurre cuando se transgreden los límites naturales? ¿Qué sucede cuando se trastoca el delicado equilibrio entre la vida y la muerte del que surge la belleza sublime para el bostoniano? La apreciada fragilidad de la amada queda superada por una voluntad sobrenatural que rompe las leyes físicas y disipa el amor y la belleza. Sólo queda el horror, lo grotesco, lo macabro, la sombra terrorífica de lady Ligeia que regresa de la tumba.

(Esta entrada se ha redactado tras la lectura del artículo “La estética de lo sublime y la amada moribunda: cine y fotografía como expresión visual de un motivo literario”, de Ana González-Rivas Fernández).

LA GRAN MENTIRA DEL MÁRMOL BLANCO

Creo que a todos nos gusta de alguna manera pensar que el ser humano tiene una capacidad innata para reconocer la belleza, y en mi opinión hay cierta verdad en ello. Algunos consideran esta cualidad desde un punto de vista científico, relacionándola con el instinto de supervivencia, mientras que otros prefieren verlo como una señal de que el ser humano tiene vocación de trascendencia. Si bien creo que hay razones para esgrimir estos argumentos, pienso que tendemos a menospreciar lo condicionada que se encuentra nuestra capacidad para percibir la belleza por la tradición y la cultura visual que, nos guste o no, todos llevamos sobre nuestros hombros casi desde el nacimiento.

Un ejemplo perfecto de esta autosugestión a la que estamos sometidos es nuestra idea de la belleza del mármol desnudo. Incluso hoy en día, cuando ya sabemos positivamente que la estatuaria griega, hoy completamente blanca, en su día estuvo pintada con brillantes colores que en nada difieren a los utilizados en las tallas medievales de madera que sí que han conservado su policromía, seguimos asociando arte clásico con prístinos bloques pulidos de mármol, otorgándoles unos valores estéticos que no forman parte en absoluto de la concepción estética de la Hélade.

El engaño comienza en el Renacimiento, en un momento en el que la floreciente filosofía humanista de corte antropocentrista ansiaba romper con el orden social y cultural dominado por la religión que había imperado durante toda la Edad Media. Estos nuevos pensadores renacentistas tornan su vista hacia la Antigüedad Grecorromana, una época de esplendor pagano, anterior a la expansión del Cristianismo por Europa. La filosofía griega, con su énfasis en la razón y el intelecto como virtud suprema del ser humano, será ahora el espejo en el que se miran los intelectuales. Esta adoración por el pasado grecorromano (muchas veces reinterpretado e idealizado) tendrá como consecuencia estética la creación de un nuevo gusto y unos nuevos cánones que perduran hasta nuestros días.

Pero ¿qué sabía el hombre renacentista del arte clásico? A sus manos llegaron las esculturas ya desnudas o copias de éstas que los romanos, por su característico pragmatismo, decidieron no pintar. El hombre del Renacimiento cree que obras como el Laocoonte, se pensaron así en el momento de su realización y, por tanto, busca un significado simbólico a esta ausencia de color. Decide que los griegos eran capaces de percibir la belleza intrínseca de los materiales sin necesidad de cubrirlas con pigmentos para falsear la realidad. Nada más lejos de la verdad, el arte, durante la mayor parte de la civilización griega, se consideró mímesis, se valoraba por su grado de similitud con la naturaleza. Razón por la cual, filósofos como Platón consideraban que el arte consistía en un engaño para los sentidos. ¿Cómo iba a exaltar Platón la belleza del material desnudo, si para él la materia era lo corruptible, lo perecedero, lo diametralmente opuesto a su elevado concepto de belleza espiritual, perteneciente al mundo de las Ideas? ¿Cómo iba a admirarse ante la visión de una estatua a la que le faltaba un brazo, si su concepción de la belleza era unitaria y sinónimo de bien y de justicia? El Renacimiento no toma en cuenta esta vertiente moral de la belleza, no tenía sentido cuando se había desplazado a Dios del puesto de honor de la sociedad y se empezaban a ver las cosas “a la medida del hombre”.

El Renacimiento, ignorante de estas concepciones antiguas, valoró la belleza natural de materiales como el mármol y le dio a su uso una nueva razón filosófica: en esta época, el arte no sólo tiene que imitar a la naturaleza, sino superarla. La visión antropocéntrica del hombre renacentista valora por primera vez el arte en sí mismo, cuando para los antiguos filósofos griegos, no pasaba de copia imperfecta de la naturaleza, y como tal, su creador no era más que un artesano no tan diferente al carpintero o al constructor. Figuras como Miguel Ángel ponen sobre la mesa por primera vez la idea de la genialidad del artista, la consideración del arte como actividad intelectual. Una idea que perdura hasta la actualidad y que aceptamos sin dudar. ¿Se habría desarrollado de la misma manera nuestra teoría estética si hubiésemos sabido la verdad sobre el mármol blanco? ¿Podemos enfrentarnos a la belleza “puros”, sin este bagaje visual que condiciona nuestra mirada, sin importar cuánta verdad haya en ella? Al fin y al cabo, seguimos poniendo cuernos en los cascos vikingos, aunque sabemos que no tiene ninguna validez histórica.

LA BÚSQUEDA DE LA BELLEZA EN LA ERA DE LAS COSAS BELLAS

Estamos rodeados de belleza como nunca antes en la historia. Por la mañana, al levantarnos abrimos el armario y escogemos entre un sinfín de prendas bonitas. Después, entramos en el baño y pasamos revista a una interminable lista de productos cosméticos y maquillajes que ayudan a que nuestro pelo y nuestro rostro se vean lo mejor posible. Con el café, encendemos el móvil y buscamos imágenes en Instagram o en Pinterest que nos inspiren, que nos proporcionen un momento de gozo estético. Antes de salir de casa, podemos haber disfrutado de la visión de mil amaneceres de todos los rincones del planeta. En la sociedad contemporánea, la belleza es asequible y está durante todo el día al alcance de la mano.

Y sin embargo, ¿cuántas veces decimos que algo es bello a lo largo de la jornada? Muy pocas, acaso ninguna. La mayor parte del tiempo, consumimos belleza de forma compulsiva, como si fuese comida basura. En internet, en la televisión, en la radio. Vorazmente, sin pensar, sin apenas disfrutar de las imágenes o de los sonidos. ¿Cuántas milésimas de segundo dedicamos a admirar una fotografía antes de hacer scroll buscando el próximo estímulo sensorial? Sólo unos instantes, lo suficiente para sentir una superficial sensación de agrado y, cuando la imagen comienza a seducir a nuestras retinas, la desechamos y pasamos a la siguiente. Acostumbrados a convivir con esta ingente cantidad de belleza, cuesta hacerse a la idea de cómo podía sentirse un hombre en la Edad Media ante la visión de los vibrantes colores de la vidriera de una catedral en contraste con su realidad gris y anodina.

Parece que la sobreexposición a la imagen nos ha hecho de alguna manera insensibles a la belleza, inmunes a su contacto. No es posible imaginar hoy en día que un viajero sufra el síndrome de Stendhal al ver la Venus de Milo expuesta en el Louvre, cuando lleva viendo reproducciones de esa obra durante toda su vida. Se ha perdido hace mucho tiempo, como diría Walter Benjamin, el “aura” de los objetos artísticos. El arte y la belleza se han banalizado, se ha quedado por el camino, en gran parte su significado más profundo. Miramos sin ver realmente las maravillas que nos rodean porque estamos más que acostumbrados a su omnipresencia.

Pero no creo que esta insensibilización se deba tan sólo a la cantidad, sino que el principal problema radica en el tiempo. Somos capaces de recrearnos momentáneamente en el goce estético de la belleza, pero no damos tiempo a que penetre en nuestro interior, a que conmueva el alma. Nos privamos consciente o inconscientemente de ese instante fundamental de catarsis que hace que la contemplación de la belleza se convierta en un asunto trascendente capaz de hacernos establecer una efímera conexión con el universo y dejar una huella en la vida. El ritmo frenético de la existencia actúa como capa impermeable que evita que nos impregnemos de la esencia de la belleza y la devalúa a mero objeto de consumo y entretenimiento. ¿Cuándo fue la última vez que dejamos que esta sensación se infiltrara en el interior y nos tocara el corazón? ¿Cuánto hace que no sentimos la necesidad de calificar algo como bello? Protegidos por una lente o una pantalla, vivimos en un mundo bello, pero sin experimentar jamás qué es la belleza.